Mi Dios

 

 

No es solamente que no podemos detener el tiempo en cierto instante precioso, es decir, morir a la carta. Tampoco nos es fácil realizar el deseo algo más modesto de mantenernos inspirados como quisiéramos y en ocasiones estamos, de prolongar esas convicciones briosas que por un momento nos hacen sentir que, pase lo que pase, sea lo que sea, la vida tiene un sentido valioso y en el peor de los casos, nuestra gesta habrá de ser heroica.

        Cuántas veces ciertas configuraciones de la vida nos insuflan esos maravillosos sentimientos de exaltación filosófica y nos equipan con una moral incorruptible que se promete como antídoto – no contra el sufrimiento, porque por entonces estamos más lúcidos que nunca -, pero contra la desesperación y su preámbulo insidioso, la apatía. Entonces nos proponemos y deseamos a toda costa que ese rapto de audacia existencial se haga perdurable y hunda para siempre sus raíces en nosotros.

Pero después el día sigue su transcurso y bien pronto nos pone a raya, recordándonos que el desafío no es cosa chica. Aquí está la vida, que nos aguijonea una y otra vez con sus multifacéticas lacras, grandes, medianas y pequeñas. Aquí, allá y ocultos por doquier, pululan los paisajes varios de lo abyecto, salpimentando el mundo de desolación. El alma, que pugna por preservarse elevada y entabla valeroso combate por retener aquella fuerza vital que hasta hace un rato poseía, sufre la persecución implacable del cuerpo, con sus necesidades y miserias, con sus caries, sus jaquecas y su cansancio. Y allí están los que queremos, para quienes preferimos alegrías más convencionales y a quienes no consideramos con nuestras mismas capacidades para vérselas con las malas. Nosotros todo lo podremos sobrellevar, nos decimos y les decimos.

         La lucha contra el gigante fue despareja y ya está concluida. Hemos sido expelidos de las fugaces alturas que se nos concedieron. Nos consolamos pensando que tenemos un piso, pero inmediatamente sabemos que el piso no lo fijamos nosotros, y se mueve. Ahora habrá que seguir andando el camino hasta que en algún momento vuelva ese hálito de luz, y entonces sí, quizás, poder hacerlo propio para siempre.

Por cierto que las configuraciones de la vida que nos deparan aquellas entrañables fuerzas espirituales no son del todo arbitrarias. La música, la poesía y el vino son algunos de sus cómplices favoritos. El viento, el movimiento, los paisajes de la astronomía, también pueden ayudarnos. Pero todos son amuletos poco eficaces y de muy corto alcance. Dios, a no dudarlo, es el mejor de todos ellos.

Quienes una y otra vez aseveran a Dios como Todopoderoso, en verdad están luchando ellos mismos por serlo. Se dice – aunque yo no lo vi – que ni las llamas del fuego impiden a sus fieles mantenerse inspirados, y aún declararlo. Pero hay el problema de que, además de que Dios no es asequible a cualquiera, no cualquier Dios prohíja estas imponentes determinaciones.

Mi Dios es, quizás lamentablemente, más modesto que el convencional. Está en la historia, en la humanidad, en el resto de la vida que existe o pueda existir, en ciertos conceptos que incluso las ciencias sociales – en cuyas premisas confío - a veces intentan desmoronar. Admito que este Dios tiene menos poder para sustraerme de la desesperación, para mantenerme sosegado en momentos difíciles. Reconozco que no estoy seguro de que no me dejará caer. Pero es mi Dios y como cualquier Dios, no es fácil de cambiar. Además, ahora advierto que es un Dios coherente. Su esencia no es ni debe ser mi protección personal. Ni siquiera la de quienes amo.

Pero como esto último me mortifica demasiado, prefiero que ellos crean en un Dios celestial, que escucha y responde, que abriga en su regazo, que forja sueños milenarios y hace de lo abyecto una ilusión. Sin duda, es mi mismo Dios pero en escala mucho mayor, con poder absoluto y una infinita voluntad de amor. Es un Dios cuya posibilidad jamás negué y por cuya existencia, contra toda lógica humana, a veces se me ocurre rezar.

 

 

 


 

Arriba
El beso
Especulaciones de un inmortal
Lo que asombra del fuego
A la mujer
Mi Dios
Las flores de Alicia
¿Utopía
Vida eterna
Glovilidad