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Vida eterna |
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El señor Ramón Arévalo solicitó un turno con el Dr. Schmidt en busca de la inmortalidad que auguraba el anuncio publicitario. - Nosotros podemos darle vida eterna – ratificó el médico ya cara a cara con Arévalo. Además de los honorarios, sólo hay una condición. Debemos hacer un injerto de uñas que reemplazarán a sus actuales. Sólo en las manos. Hemos descubierto que las uñas de aluminio son la clave de la vida perenne. Despreocúpese en el sentido de que su aspecto es exactamente el mismo que las uñas de calcio. - Fantástico. - Regrese el martes y efectuaremos el procedimiento. Hoy hable con la Srta. Adelaida por el pago del anticipo. El procedimiento fue exitosamente realizado en escasos cinco minutos y sólo requirió anestesia local. Las uñas eran efectivamente idénticas a las de cualquier mortal. Pero una vez concluido, apenas Arévalo terminaba de abonar el canon previsto, surgió de una puerta el rostro adusto del doctor Schmidt. El galeno llamó a Arévalo y le pidió que pasara a su consultorio. - ¿Qué sucede, doctor? - Señor Arévalo. Ha habido una mínima complicación en la intervención. Nada grave, por cierto. Usted deberá comprender que estamos en etapa experimental. Arévalo inquirió desesperado: - ¿Qué es lo que pasa, doctor? ¿Moriré? Dígame al menos que me quedan un par de siglos. - No, no, usted será inmortal. Eso está fuera de duda. Solamente se trata de que además del procedimiento de hoy, será menester un sencillo transplante capilar. - Bueno … - Ya sé lo que está pensando, Arévalo. Que más que complicación, esto es una yapa. Y efectivamente, sólo le facturaremos el cincuenta por ciento del valor de mercado del servicio. Lo estaremos haciendo el viernes. El jueves véala a Adelaida que le tendrá preparado el recibo. Arévalo bajó exultante los cuatro pisos por escalera, ante la certeza de que el día viernes obtendría el alta médica del Dr. Schmidt. Pero apenas salió a la calle, un violento terror se apoderó de él. Autos, motos, delincuentes, desprendimientos de mampostería y un sinfín de peligros de toda índole sabía que lo acechaban. A toda costa, era necesario evitar lo que sería el siniestro más desventurado de la historia: la muerte de un inminente inmortal. Quedó súbitamente paralizado en la vereda a unos veinte metros de la puerta del edificio del que recién salía. Empezó a sudar profusamente. Como quien toma una rápida resolución en medio de una batalla, decidió correr a refugiarse nuevamente adentro del edificio de su médico. Una vez allí, meditó que lo más sensato sería permanecer en aquel lugar hasta el día del transplante. Intentaría trabar buena relación con el encargado y a lo sumo el doctor Schmidt no tendría inconveniente en facilitarle el baño de su consultorio o alguna camilla para recostarse. El viernes finalmente llegó, luego de una falsa eternidad. Ahora Arévalo ostentaba orgulloso una abundante cabellera platinada, tonalidad que le parecía muy adecuada a su infinita longevidad. Pero una vez más, cuando todo parecía estar llegando a su fin, el doctor Schmidt abrió un nuevo paréntesis de imprevistos. - Lamento informarle, mi estimado Arévalo, que deberemos hacer un esfuerzo adicional. Despreocúpese porque el objetivo final no está en riesgo. El hecho es que el transplante capilar no resultó. La función de los cabellos artificiales es la de regenerar permanentemente las células de todo el cuerpo y de esa forma garantizar su incorruptibilidad. Pero una infección de piojos de último momento echó todo a perder. Entonces, para decirlo sin circunloquios, ahora va a ser necesario reemplazar su cuerpo entero. Esto, obviamente, se materializa trasladando su cerebro a un nuevo soporte físico. Por supuesto, estamos en condiciones de conseguir un material lozano y con las características que más sean de su agrado. Tiene un par de días para pensar en todo eso. Querido Arévalo, a juzgar por su sonrisa, esto no es una mala noticia… - No … bueno … - Y el costo lo sorprenderá por lo nimio. Le cobraremos ochocientos dólares. Arévalo se enfundó en un cuerpo de atleta. Desde el primer momento se sintió perfectamente a gusto en ese nuevo hábitat. Estaba completamente feliz. En su éxtasis, abrazó al doctor Schmidt. Quizá por no saber aún medir la fuerza, el médico emitió un quejido al ser casi asfixiado por los poderosos brazos del paciente. Schmidt agradeció la efusividad y comentó que el proceso de adaptación al nuevo sustrato material sería complejo pero exitoso. Continuó el discurso, que poco a poco fue adoptando un tono de gravedad: esa odiosa y reconocible gravedad a la que Arévalo ya se estaba acostumbrando. La entusiasta agitación inicial se marchitó. Las palabras que ahora salían de boca del hacedor de milagros eran técnicas. Era imposible separar el cuerpo de la mente; éstos interactúan constantemente y por tanto es indispensable que se reconozcan. La mente, del mismo modo que el cuerpo, poseía variadas funciones. - Arévalo, estará de acuerdo conmigo en que deshacerse de su memoria de simple mortal y reemplazarla por una tabula rasa especialmente diseñada para almacenar infinitos recuerdos, es un precio ínfimo por la gloria sempiterna. Y que la módica cantidad de mil quinientos dólares por semejante implante es otra inverosímil bicoca. Medítelo Arévalo; puede que sea duro tomar la decisión, pero ya lo olvidará. Además, advierta que aunque fuera factible conservar su limitada memoria actual, el transcurso de los prodigiosos períodos de tiempo que usted tendrá la dicha de vivir, harían irremediable la pérdida progresiva de los recuerdos más antiguos, como ser por ejemplo los correspondientes a lo vivido hasta hoy. Las facultades mnemónicas que usted hoy tiene son un chiste para los términos remotos que lo aguardan. Así que si está dispuesto a liquidar el asunto, deberá despedirse del Arévalo frágil, del Arévalo consumible, del Arévalo fugaz, y alistarse para principiar la historia sin fin del superhombre Arévalo. - Acepto, ya mismo acepto. No hay ningún problema. Gustosamente olvidaré que sufrí alguna vez algo tan horrendo como el miedo a morir. Los recuerdos, los conocimientos y las impresiones de todo tipo grabadas hasta entonces en el cerebro de Arévalo volvieron a cero. - Usted se llama Ramón Arévalo y ha venido acá para obtener la inmortalidad – explicó el doctor. Hasta el momento me ha pagado ... dólares y me debe …. Acá está el contrato que firmamos. La inmortalidad es algo sumamente deseado. Usted ahora debe estar muy feliz. Pero no deseo engañarlo y por eso le diré que, contrariamente a lo previsto en un principio, será necesario encarar ciertas modificaciones en su constitución psíquica y genética, si quiere realmente usted vivir para siempre. Perdón, ¿usted comprende lo que le digo? - Sí. No hay inconveniente. Pero espero que no haya otros imprevistos. Uno, puedo tolerar; más, ya no. - Caramba. Los procedimientos se cumplieron debidamente y Arévalo fue dado de alta. Su cuerpo y su mente estaban preparados para funcionar hasta el fin de los tiempos. En medio del festejo, los abrazos y las lágrimas, ingresó un grupo de policías. Exhibían órdenes de allanamiento del local y para la detención del Dr. Schmidt y el Sr. Ramón Arévalo. Schmidt estaba sorprendido, aunque no tanto como Arévalo. Al galeno se lo acusaba de estafa e instigación al suicidio. La imputación que recaía sobre Arévalo era más original, y aún hoy, en los anales de jurisprudencia, se puede consultar su caso como el único en el que se debatió si debía recaer condena por la consumación de un delito de suicidio. El juicio fue seguido de cerca por filósofos, científicos y el público en general. Merecen transcribirse algunos de los párrafos vertidos en su sentencia por el juez Adolfo Reynoso: “… El doctor Schmidt ha percibido sumas de dinero a cambio de una promesa interesante sólo en apariencia. Recurriendo a un sutil y progresivo engaño, lo único que en verdad hizo fue aniquilar la persona del Sr. Ramón Arévalo, y formar un nuevo ser de características aún desconocidas, dado el escaso transcurso de tiempo desde su génesis. Pero lo interesante y que esta resolución intentará recoger, es que el Dr. Schmidt, obviamente sin proponérselo y sin intención alguna de beneficio social, ha demostrado, no solamente algo ya sabido como que la identidad absoluta – y otra no hay - es una ficción, sino que la inmortalidad en la que pensamos y que a veces deseamos, ya la tenemos, precisamente por lo cambiante de eso que llamamos identidad. Efectivamente, siendo que existe el tiempo, la identidad parece ser una ilusión fomentada por la desidia de los funcionarios del registro civil y fundamentalmente por el sentido de la vista, que nos hace suponer que por el hecho de que un cuerpo se mantenga aparentemente íntegro y se desplace sin solución de continuidad, debe persistir incambiada una indefinible y etérea entidad que nos dotaría de individualidad. (Pero sostener que la identidad no existe no es negar ni un ápice del valor de las vidas de cada cual. Es simplemente, extender el razonamiento: no sólo que todo ser humano es valioso y digno, sino que ese valor y esa dignidad asisten a todos los personajes que anidan en cada ser humano a lo largo de su vida. En verdad, cualquier representante de la vida es sagrado, y no sólo por el hecho de poseer el atributo de la vida – que es ésta su cualidad común a los demás – sino también por ser único e irrepetible en cada instante de su devenir – que es ésta su cualidad particular -). En verdad, la identidad absoluta sólo puede concebirse en un instante; al contrario, el grado en que aquella es mera ficción aumenta proporcionalmente al período de tiempo que consideremos. Es dable suponer que a lo largo de los milenios - segundos de una vida eterna - asumiríamos infinitas personalidades. De hecho, como bien resaltara el imputado Schmidt en sus delictivas sesiones, la memoria con la que estamos equipados no parece estar preparada para enfrentarse a distancias de tiempo inconmensurables. En fin, lo cierto es que existimos en modo de fugacidad crónica. Por eso, el niño y el anciano que habitaron el mismo cuerpo pueden ser tan distintos entre sí como dos extraños. Por supuesto que la memoria juega un rol importante en todo esto, y muchos opinan que es ella el hilo conductor que permite afirmar la identidad. Sin embargo, a poco que se medite, tenemos que la memoria no es absolutamente fiable, traspapelamos recuerdos, equivocamos tantos otros, trocamos sueños en experiencias reales y viceversa y por supuesto, olvidamos, olvidamos, olvidamos. Cada vez olvidamos más. ¿Qué es entonces lo que nos permite decir que seguimos siendo siempre los mismos? Nada razonable, nada fehaciente. En consecuencia, ¿cuál es la diferencia entre ser inmortales convirtiéndonos en el superhombre Arévalo y la de hacerlo por referencia a los demás seres humanos que nos sobreviven, frágiles y consumibles individualmente, pero representantes de la incesante procesión de la Vida? Adviertan ustedes, generosos lectores, respetado Fiscal, incierto Arévalo, pillo Schmidt, que la inmortalidad – del único modo que podemos concebirla - la tenemos a la vuelta de la esquina: podemos estar seguros de que cuando muramos, otros seres esencialmente iguales a nosotros perseverarán en sus vidas. Que entre esos otros seres y nosotros quizás no haya existido ninguna relación de continuidad física, de transplantes y modificaciones, es por completo irrelevante. Ahora bien. ¿Resulta grato o no que nuestros continuadores sean nuestros semejantes, con sus triunfos y sus miserias? Hay que confesar que creer en esta inmortalidad proviene de un sentimiento de empatía e identificación con el género al que pertenecemos, la humanidad. Pero a la vez, saber que esta es la inmortalidad, engrandece ese sentimiento y nos exhorta a luchar a cada instante por una eternidad mejor.” La sentencia del juez Reynoso - condenatoria para Schmidt y absolutoria para Arévalo – fue apelada por Schimdt, por el Fiscal, y por un notable número de personas absolutamente ajenas a los hechos debatidos en la causa pero que tenían mucho que objetar a los Considerandos del magistrado. Los recursos interpuestos por estos pensadores fueron desechados in limine por manifiestamente improcedentes. Sin embargo, vale la pena referir algún párrafo representativo de esos memorables libelos. “Es necio sostener que la inmortalidad es lo que la resolución apelada pretende. Cuando cualquiera de nosotros piensa en la vida eterna, piensa más que nada en la juventud eterna y en un agradable entorno eterno. Es cierto que no se ha reflexionado mucho en aquello de que la memoria que poseemos sería insuficiente para un inmortal. Pero en todo caso, también habrá que imaginar que la inmortalidad que deseamos incluye una memoria adecuada. Eso es la inmortalidad. Pido, pues, de la Excma. Cámara, así también lo disponga.” Enajenado de los quehaceres forenses por lo que se había convertido para él en una apasionante polémica y resuelto a despertar a los hombres al evangelio de la vida eterna, el juez Reynoso abandonó la magistratura. Al cabo de dos años de fatigada y convencida prédica, falleció. Muchos, orgullosamente, somos continuadores de sus maravillosos pensamientos.
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