3. La clave está en el
equilibrio: La vida es un jardín.
Suena
sencillo poder trabajar metódicamente y con plena conciencia sobre un aspecto
determinado de nuestra vida o personalidad que deseamos modificar, si lo vemos
aisladamente. Pero la vida real es mucho más compleja. No nos da tiempo para
dedicarnos exclusivamente a ello. Hay demasiadas otras cosas en las que
pensar. Pareciera que nuestra atención y nuestro tiempo no puede alcanzarnos
para trabajar a la vez en todos nuestros proyectos. Si nos volcamos en mejorar
nuestro aspecto físico, nos sorprendemos descuidando nuestras obligaciones
laborales. Si nos concentramos en aumentar nuestra autoestima, de pronto nos
damos cuenta de que desatendimos a nuestras amistades. Da la impresión de que
“todo no se puede”. Si volcamos nuestra energía a un proyecto, es lógico que
se la quitemos al otro; los recursos son limitados, el día tiene 24 horas.
Propongo
subir un punto más en nuestra abstracción y posicionarnos fuera de todos estos
proyectos. Tenerlos en mente, saber cuales son nuestros objetivos en cada
aspecto de la vida. Ponerles plazos, prioridades, pensar como se complementan
entre sí, o si entran en conflicto. El papel y el lápiz pueden ayudarnos. Y para
no volvernos locos, intentando organizar todo, debemos recordar de centrarnos
más en los conceptos que en los métodos, y procurando conseguir el equilibrio
entre los distintos aspectos de la vida.
Para
visualizarlo mejor, podemos imaginar que nuestra vida es un gran jardín:
Nuestro
cuerpo es la tierra, nuestra casa es el césped, cada uno de nuestros afectos una
hermosa planta floral. El amor es un roble frondoso, nuestros hobbies son verdes
palmeras, nuestro trabajo puede ser un nogal, y tenemos unos incipientes
arbolitos recién nacidos que son nuestras nuevas virtudes que estamos comenzando
a cimentar.
Todo el
jardín está en armonía: con su diseño, su colorido, sus leves simetrías. Y
nuestra misión es cuidarlo y embellecerlo. Sembrar nuevas semillas y cuidar con
amor y dedicación a las plantas que ya están.
Nuestro
proyecto es el jardín como un todo, y no un árbol en particular. Si tenemos un
rosal precioso, pero al lado un gran charco putrefacto, maloliente y lleno de
bichos, nuestro jardín no se verá bien.
Invito a
cada uno a imaginar como es el jardín de su vida. ¿Cuáles son los árboles y
plantas que lo componen? ¿Cuáles están mejor cuidados, y cuales han quedado
olvidados o dejados de lado? ¿El jardín está equilibrado o hay determinados
sectores mucho más desarrollados que otros? ¿Cuáles son las plantas que están
más débiles y en peligro de secarse, y necesitan un cuidado más urgente?
Esta
visión del jardinero de la vida puede ayudarnos cada día, para darnos cuenta de
cuándo es hora de dejar las ocupaciones de lado y dedicarnos a la familia. Para
saber cuándo debemos dejar de correr y tomarnos un tiempo para darnos un gusto.
Para alertarnos a tiempo de los desequilibrios. Para animarnos a tomar el
teléfono y llamar a un amigo o familiar “solo porque si”, a escribir una carta
postergada, o a dar vuelo a nuestra vocación perdida de la niñez.
Es una
manera de lograr una visión integradora sin ahogarnos en los detalles, sino
centrándonos en los conceptos.

Siguiente --->
Estar atento a las señales del universo