( -Dame la mano, entremos juntos.
-Mi amor -me abrazás- ¡Estás temblando!
-Ya lo sé, estoy nerviosa.
-Pero, ¿por qué tantos nervios?, como si fuera la primera vez que lo hacemos…
-¡Cada vez es tan distinto! Distintos lugares, distintas personas, distintos
desafíos. No logro acostumbrarme.
-No te preocupes, estamos juntos, todo va a ser maravilloso.
-¿Por qué no podremos tener una vida normal como el resto de la gente?
-Eso sería demasiado aburrido para nosotros, ¿no te parece?
-Totalmente. ¿Vamos?
-Vamos. )
1.- Un mundo de sueños
Desde la hostilidad de estas noches de calor extremo, en las que no
consigo dormir, agobiada por las imágenes del duro día a día en esta
tierra extraña, sobresaltada por alaridos, acaso de peleas y tormentos,
acaso de desordenada algarabía, excedida de responsabilidades mientras
mi mente se adelanta en la búsqueda de soluciones que a veces parecen
imposibles, recuerdo con lejana nostalgia los años simples de mi infancia,
cuando un día era igual al otro, o al menos así parecía desde afuera.
Yo nada tenía que hacer, más que cumplir con mis tareas sencillas de
estudiante y de hija menor, y tan sólo con eso el día me pertenecía, y
podía dedicarlo a mi actividad favorita que era soñar despierta. Tenía la
gran ventaja de que no necesitaba casi nada para poder realizarla, sólo
un poco de tiempo libre y un mínimo de silencio bastaba para que las
historias surgieran en forma espontánea y me atraparan. En la paz de
mis tardes lentas era protagonista de infinitas aventuras en los escenarios
más insólitos, pero que inexorablemente culminaban con mi rotundo
triunfo; ante hipotéticas situaciones de peligro o amenaza, diseñaba
salvamentos e intervenciones oportunas que me tenían como estrella
principal, algunas de ellas mágicas y milagrosas. Me hacía acreedora
del reconocimiento público por la consecución de los más ansiados
descubrimientos científicos, en mi mente aislada y pequeña, recreaba
proezas morales que las multitudes celebraban, me encargaba de las
urgencias del mundo y despertaba el entusiasmo colectivo con ideas que
nunca antes se habían concebido. La gloria llovía sobre mí, y después
de la gloria venía el amor; grandes amores con otros grandes hacedores:
familia perfecta y realización personal. Cuando por algún motivo era
interrumpida, y mi fantasía no había llegado aún a su final feliz, era
seguro que pronto volvería a ella para continuarla, durante varios días
rememoraba y modificaba mentalmente mis historias las veces que
fueran necesarias, hasta agotarlas, hasta exprimir de cada idea la máxima
felicidad que pudieran brindarme, y sólo entonces consideraba que era el
momento de pasar a una nueva. Quienes no me conocían bien podían
verme como una niña triste o aburrida, ya que no solía ir a jugar con
mis amigos ni disfrutar de las actividades que tanto entretenían a otros
chicos de mi edad, ignorantes del colorido mundo interior en el que
me sumergía con mi prodigiosa imaginación. Pero mi familia lo sabía,
ellos me aceptaban así como era, y dentro de todo me respetaban, Lina,
¿en qué andás?, ¿otra vez distraída?, preguntaba mamá, ¿en qué estás
pensando? Nada, mami, nada importante, respondía, disgustada de
tener que volver a tierra, Vamos, Linita, me gusta que me cuentes tus
cosas, ¿qué singulares ideas andan rondando esta vez por esa cabecita?,
En serio, una pavada, no te preocupes, simplemente imaginaba una
historia con el cuento que nos contaste anoche, ¿te acordás?, el de los
niños flor, bueno, estaba inventándole un final distinto, tonterías mías,
No, no digas eso, sí que es interesante y esta noche quiero que me lo
cuentes, seguro que cuando seas más grande vas a poder escribir unos
cuentos preciosos, pero, ahora ¿por qué no vas a jugar afuera con tus
hermanos?, mirá qué lindo día y vos acá sentada…
Miro atrás y me parece todo tan lejano, aunque hayan pasado
apenas unos veinte años desde entonces, pocos, pero que te cambian
para siempre y no se pueden volver atrás. Recién ahora he aprendido a
salir a jugar con los que de algún modo también son mis hermanos.
Como mi rendimiento en la escuela no era malo, colaboraba en la
casa, y no era egoísta ni especialmente conflictiva, nadie se preocupó
mucho de mi recurrente actitud de apartarme hacia mí misma. Hija
menor de cuatro hermanos, cada uno de ellos con sus defectos y
complicaciones, yo era a ojos de mis padres quizás la menos problemática
de sus hijos, pero igual una vez me mandaron a una psicopedagoga para
tratar el tema de mi introversión, y le conté a esta señora de mis historias
imaginarias, y de la gran satisfacción que sentía al inventarlas, ella
entendió que no presentando yo ningún tipo de confusión entre ficción
y realidad, y dado que mis fantasías estaban perfectamente encuadradas
como tales, Estas son en definitiva un proceso positivo, señora, no hay
de qué preocuparse, déjenla soñar.
Cuentan mis papás que cuando yo nací vivíamos en un departamento
en Boedo, justo encima de una pizzería a la que varias veces hemos
regresado porque, al menos para nosotros, es donde se sirven las mejores
fugazzetas del país, además de esos incomparables flanes caseros en
moldes redonditos de aluminio, que yo solía disfrutar con crema y dulce
de leche. Siempre que concurríamos a la pizzería, venían a la mesa los
recuerdos de la época en que vivíamos allí, yo era la única que no me
acordaba de nada. Muchas veces describían anécdotas que evocaban a
mis primos y tíos, por el lado de papá, con quienes nos veíamos muy
seguido cuando estábamos en la capital, según cuentan, ya que como
dije antes yo no lo recuerdo en absoluto. Lamentablemente ese contacto
asiduo se perdió en la distancia cuando nos instalamos en la casona de
dos plantas y paredes externas rosadas de la zona sur de Buenos Aires
donde comienzan mis recuerdos. Nos mudamos allí porque mi padre,
que era un reconocido oftalmólogo especializado en cirugía ocular,
había empezado a proyectar la fundación de su propia clínica de ojos
en Adrogué.
Siempre existe una imagen fundamental de cada persona que queda
impregnada en nuestros recuerdos. En el caso de papá, sigo viéndolo en
su rol de incansable médico, saliendo y llegando a casa con su portafolio,
atendiendo los llamados de sus pacientes, hojeando papeles de trabajo.
De personalidad fuerte y decidida, infundía respeto en quien lo viera;
con escasas canas, su rostro de expresión severa y esos ojos transparentes
que delataban la gran bondad que habitaba en su alma, nuestra relación
con él era de amor y admiración, pero con una distancia insondable que
nos impedía expresarnos con libertad si estábamos a su lado, y no era
por temor a que nos castigara, cuando no estaba en su clínica, cubría
guardias en el hospital o daba clases en la facultad, y el poco tiempo
que estaba en casa solía pasarlo concentrado en sus lecturas, y no se
involucraba en las cuestiones cotidianas de nuestra educación, era más
bien temor a evidenciar nuestros defectos ante su mirada expectante
de perfección. La más tenue insinuación de desprecio por su parte
resultaba tan petrificante que, mientras él estaba en casa, reinaban
el silencio y la obediencia. Nos explicaba que durante el día apenas
le alcanzaba el tiempo para cumplir con el trabajo, y que para poder
hacerlo correctamente era indispensable estudiar y nunca se podía dejar
de estudiar.
Sobre los hombros de mi madre recaía la ardua tarea de lidiar
con nuestras rebeldías diarias, insensateces, bullicios y defectos de
personalidad, mentiría si dijera que ella no se dedicaba a cada uno
de nosotros con las mejores intenciones, pero su estado de ánimo era
demasiado variable, y aun impredecible. Nunca pude descubrir la trama
oculta que hacía que ciertas cosas fueran graves para ella y otras no
tanto, mi intuición solía fallar cuando me preparaba para afrontar las
consecuencias de mis errores, en general terminaba sorprendida por su
repercusión. Tal vez no había tal sistema de reglas y era la fluctuación
de su ciclo hormonal la que ejercía influencia en su proceder, pero podía
pasar que un día reaccionara con furia por la misma travesura que en
otras ocasiones había dejado pasar con benévola complicidad, o que nos
dejara a todos sin postre o televisión por algún descuido cometido sólo
por uno de nosotros.
( Terraza gris, un respiro a la sombra.
El primer día fue agotador y hoy es aún peor.
Tomé un pan de la cocina, y estoy desayunando recién a las tres de la tarde.
Unos niños hacen alboroto del otro lado del muro.
Se trepan, quieren mi pan, deben tener más hambre que yo.
Se los alcanzo.
Escucho como pelean por los pedazos. )
Papá, ¿podemos conversar un rato?, solía inquirirle después de la cena,
tras golpear a la puerta de su despacho y asomarme con respeto, y él con
una sonrisa mínima me invitaba a pasar. Generalmente se encontraba
en bata y pantuflas, leyendo algún libro o escribiendo sus apuntes, y yo
le hacía preguntas sobre su día de trabajo, o sobre el funcionamiento
del cuerpo humano, charlábamos de medicina y de ciencia en general.
¿Por qué no puede evitarse la muerte?, indagaba sedienta de verdad, si
pusiéramos en el cuerpo una máquina que bombeara constantemente,
o con un mecanismo de emergencia que se activara cuando el corazón
dejara de latir, ¿no podríamos así hacer llegar al cerebro la sangre que
necesita hasta que se pueda lograr la reanimación cardiorrespiratoria?,
de esta manera se podría alargar mucho más la vida, ¿verdad papá?, ¿vos
pensás que algún día podremos conseguir la inmortalidad? Respondía
a mis inquietudes con una certidumbre tan calma, que su voz llegaba
a mis oídos como el rumor mismo de la sabiduría personificada, él
a su vez sentía satisfacción de que al menos alguien en la familia se
interesara por cuestiones que siquiera combinaran en la gama otoñal
de su modelo de mundo, seguro esperaba que yo en el futuro definiera
mi vocación hacia el estudio de la medicina, se veía que era la única de
sus hijos que podía llegar a seguir con la tradición familiar, iniciada por
mi abuelo Prudencio Guzmán y proseguida por mi padre, oftalmólogo,
mi tío Rogelio, psiquiatra, y mi tía Margarita, ginecóloga y solterona
empedernida. Cuando fue el momento de elegir mi carrera no me dio el
alma para tanta responsabilidad, tal vez me faltó voluntad o decisión, mi
gran interés por estos temas médicos tenían un importante componente
de excusa: conseguir su atención, sus palabras, ese momento del día que
se tomaba exclusivamente para charlar conmigo, ese privilegio que me
hacía sentir tan orgullosa. Diego, mi hermano mayor, era el único en
la familia que, además de mí, compartía una cierta afinidad con papá,
aunque en su caso el gusto por los deportes —a ambos les interesaba
mirarlos aunque no practicarlos— y otras “cuestiones de hombres”
eran los pilares de su complicidad especial. Con su innata vocación de
humorista, trasmitía alegría al clima de la casa que, de no haber sido
por sus ocurrencias, lo imagino como apagado y monótono. Nos hacía
reír siempre con sus payasadas, imitaciones y representaciones, y no
podía hablarse de nada sin que él dejara de encontrar el doble sentido
de las palabras y transformara todo en un chiste. Más aún, era un chico
cariñoso y parecía misteriosamente libre del estigma Guzmán que nos
impedía a los demás demostrar afecto y emociones. En lo que respectaba
a Martín y Natalia, ellos preferían evitar cualquier tipo de intercambio
con nuestro papá, como si le tuvieran miedo, como si sintieran que
sus vidas transcurrían más a resguardo fuera del alcance de su mirada
impenetrable.
Ni siquiera mi madre parecía tener una buena comunicación con
él, ni bien papá llegaba del trabajo, ella no terminaba de saludarlo que
ya empezaba a contarle historias del barrio, ¡No sabés lo que tengo
para contarte!, me enteré de que los padres de Agustina se separaron,
pero lo que más te va a sorprender es la causa de esa separación, me lo
dijo Chelita, ¡no te lo podés ni imaginar!, parece que fue porque él la
estaba engañando nada menos que con Leticia Saponara, la gordita de
las hermanas Saponara, ¿la ubicás?, él asentía con la cabeza, como si
estuviera escuchando, aunque a poco de observarlo se le notaba ausente,
perdido en los laberintos de su mente, vaya a saber si pensando en sus
pacientes, en sus alumnos, o en qué, su mundo interior era un misterio.
Mientras que el mundo de mamá era claro como el agua, siempre
pensando en nosotros, tratando de hacer magia para equilibrar sus
energías y darse cuenta de quién la necesitaba más en cada momento,
hablaba mucho por teléfono, jugaba a la canasta con las amigas, y se
entretenía mirando y comentando las telenovelas de la tarde, haciendo
manualidades en punto cruz, y también comiendo a toda hora. Cuando
llegaba papá, le hablaba siempre de nosotros, de lo que habíamos hecho
durante el día, de las notas que nos sacábamos en el colegio, o si nos
portábamos mal; intentaba integrarlo a la familia, convertirlo en un
padre participativo y protagonista de nuestra educación, Mañana a las
seis tenemos una reunión con la maestra de Martín, nos citó para hablar
de su conducta, se ve que no cambió nada desde la última llamada de
atención y sigue haciendo de las suyas con los vándalos de sus amigotes,
¿vas a venir o voy yo sola?, yo todavía no le levanté el castigo por los
autitos que le encontré en el cuarto, él dice que no los robó, que le
aparecieron en la mochila, pero lamentablemente no puedo creerle
porque no es la primera vez que sucede, tenés que encararlo vos, que
te va a hacer más caso, este chico me tiene muy preocupada, ¿le vas a
hablar?, ¡Seguro que sí le voy a hablar!, no te preocupes que ya me va
a escuchar y vas a ver cómo va a tener que cambiar o cambiar, no voy
a tolerar ese tipo de conductas en mi familia. ¡Bien por esa respuesta!,
voy ganando puntos, pensaba mamá, y aprovechaba el chispazo de
atención para seguir hablándole de otros temas, Me olvidé de contarte
que el que hace tiempo que no aparece es Ramiro, el profesor de música
del colegio, dice la madre que no volvió a la casa, ella fue a la policía y
no le dieron importancia, le dijeron que lo más probable es que se haya
ido por ahí y vuelva solo uno de estos días, que simplemente lo espere,
pero, entre nos, yo pienso que ese muchacho andaba en cosas raras,
te dije que se juntaba con unos amigos pelilargos que me olían mal, y
parece no me equivoqué, Ajá, mirá vos, contestaba mi padre mientras
se servía un vaso de terma con soda, fijando su mirada en algún punto
inexorable, tal vez en la pared, tal vez en otra dimensión, y ella seguía
narrando romances, cortes de pelo y fluctuaciones del peso corporal
de sus conocidos, algunos de ellos lejanísimos, las palabras le surgían
a borbotones y fingía ser la única en la casa que no notaba que él ya
no le estaba prestando atención. Observando ese lastimoso escenario,
resultaba extraño pensar que un día se habían enamorado, que estarían
tan locos el uno por el otro como para haber decidido casarse ¡y tener
cuatro hijos juntos! Hasta físicamente eran polos opuestos: él, alto,
casi hasta el tope de la puerta, de huesos puntiagudos, piel blanca y
rasgos alargados, y ella bajita y regordeta, rosada, acolchonada, más
confortable para abrazar. Con la misma inquietante perplejidad con la
que yo reflexionaba sobre el origen del universo, el futuro del mundo o
los límites de la realidad, me preguntaba cómo podía ser que teniendo
tan poco en común, en apariencia, fuera posible que mis padres se
hubieran elegido el uno al otro y que todavía siguieran unidos. Sólo de
vez en cuando surgían los malos entendidos, poniendo en evidencia lo
inocultable, Pero, ¿por qué no viniste a la reunión con la maestra, si me
habías dicho que venías?, ¡te estuve esperando! Bueno, disculpame, no
tengo idea de cuando me dijiste eso, ¿estás segura de que me lo habías
dicho, no lo habrás pensado?, ¡Claro que sí!, ¿verdad que se lo dije
anoche, Linita?, vos estabas y tenés que haber escuchado, Sí, es cierto,
mamá, ¿Ves?, no me trates de loca porque sé muy bien lo que digo y lo
que no digo, La verdad es que no te escuché para nada, perdoname, mi
amor, a veces vuelvo extenuado del trabajo, y no sé ni cómo me llamo,
te prometo que no voy a faltar a la próxima reunión, pero, por favor,
asegurate de que te haya escuchado y comprendido cuando me decís
cosas importantes, ¡Vos nunca me escuchás!, resoplaba mamá, resignada,
pero conteniendo su enojo para no discutir delante de nosotros, y
también por comprensión, él es el sustento de la familia, y está muy
bien que sea tan trabajador, es lógico que llegue cansado y que a veces
no tenga energías para escuchar las cosas que le digo, asumía, y luego se
esforzaba por retomar el diálogo normalmente, el perdón era una de sus
mayores virtudes, y la verdad es que entre todos se lo hacíamos ejercitar
a diario, ¿Te cuento entonces lo que me dijo la maestra en la reunión?,
que le pusieron una nueva amonestación a Martín, ¡y que si sigue así
lo van a tener que expulsar!, esta vez por haberle bajado el pantalón
a un nene de cuarto, en el recreo, jugando con un par de amigos,
entre los cuales por supuesto estaban los Anderson, que te digo que
no entiendo cómo es que todavía no los expulsaron, lo rodearon a este
chiquito, burlándose y molestándolo por usar aparatos en los dientes,
y terminaron dejándolo en calzoncillos en medio del patio, delante de
todo el colegio, ¡imaginate cómo se habrá puesto el pobre nene!, ¡no le
doy una paliza a este mocoso porque detesto la violencia, pero bien que
la merecería! Y es que mi hermano se había juntado con unos amigos
que solían tener este tipo de comportamientos, y él se plegaba a ellos,
algunos del colegio, otros del barrio, se reunían y hacían desastres, casi
siempre iban a jugar al fútbol en una canchita cercana, o si no iban a
las casas, a veces a la nuestra, aunque a mis papás desde ya no les hacía
ninguna gracia que Martín anduviera con ellos, pero tampoco supieron
ser lo suficientemente rígidos como para impedirles ser amigos, y por eso
preferían tenerlos en casa, más contenidos, que dejarlos andar sueltos
por ahí, fuera de vista y de control. En esta pequeña pandilla de chicos,
que tendrían entre unos nueve y catorce años, había uno especial para
mí, además de mi hermano, claro está. Se llamaba Demián, y fue mi
primer amor platónico.
Yo tenía unos nueve años cuando, como por arte de magia, este
muchachito de rulos dorados y carita de ángel logró infiltrarse de golpe en
mis aventuras imaginarias: viajábamos juntos por el mundo, cruzábamos
mares y desiertos en busca de tesoros escondidos, éramos raptados
por extraterrestres…, siempre de la mano, como grandes compañeros,
mientras que en la realidad ni siquiera nos dirigíamos la palabra, y yo
tenía la duda de si él sabría al menos mi nombre. Admiraba en él, en
todos ellos, su capacidad de
hacer: le faltaban el respeto a las maestras,se escapaban, hacían bromas pesadas; no es que fueran cosas buenas,
al contrario, eran puras bandideadas, pero se animaban, lo hacían, y
eso a mí, que era buena alumna y buena compañera, siempre tranquila,
siempre pacífica, educada y obediente…, eso a mí me maravillaba, ¿de
dónde sacaban el valor? Así pasé cinco años, pensando a cada momento
en él, las pocas veces que lo veía, o cuando escuchaba anécdotas de cosas
que había dicho o hecho, me apropiaba de la nueva información para
imaginarlo mejor, así lo hacía más mío, aunque él jamás lo supiera, ya
era demasiado mío.
Un día fui a la casa de los Anderson para el cumpleaños del menor
de ellos que era compañero mío de grado, estos chicos, cuyo carácter
odioso hasta el día de hoy guardo en la memoria, sí que tenían problemas
en serio, seguramente de generosa genealogía, pero que por lo menos
empezaban por su padre, reconocido milico rufián, que no me consta,
y tal vez estoy diciendo barbaridades, pero a juzgar por su escabroso
perfil se me ocurre que hasta podría haber sido torturador o algo así en
la época de la dictadura. Nunca me voy a olvidar de lo que el tipo le dice
a su hijo cuando me ve llegar esa noche: ¿Y este bomboncito quién es?,
ustedes sí que no pierden el tiempo, ¿eh…?, lástima que todavía es un
poco joven, pero cuando le crezcan un poco más las tetitas, no se olviden
de compartir con papá, Delante de la esposa lo dijo, ¿cómo se puede ser
tan desubicado?, el truquito de disfrazar de humor los pensamientos más
bajos nunca me conmovió una célula, es como si un leproso intentara
tapar su piel descamada con unas ridículas curitas de colores, que en
lugar de disimular sólo consiguen evidenciar más los burdos mecanismos
psicológicos del supuesto humorista. Una vez en el colegio escuché que
unos compañeros comentaban una anécdota espantosa sobre los
hermanos Anderson, que se besaban entre ellos y, algo que hasta da
vergüenza repetir, que un día habían hecho un “trencito” entre los tres,
¿relaciones homosexuales, grupales, entre niños, y para colmo
incestuosas?, era demasiado malo para ser real, y en mi sublime inocencia
de aquel entonces semejantes atrocidades eran inconcebibles, si apenas
acababa de aprender que el hombre le pone una semillita a la mujer para
tener hijos, y nada sabía del placer y menos de las perversiones, más bien
me parecían habladurías extraídas de la mala fama que se habían hecho,
y llevadas al extremo por alguna mente podrida. Pero hoy tengo la duda
de hasta qué punto eso pudo haber sucedido, e incluso he especulado
con que el tipo perfectamente podría haber llegado a abusar de sus
propios hijos…, ¡desgraciado!, espero que nunca le haya puesto un dedo
encima a mi hermano, eso sí que me haría llenar de rabia. Aquella noche,
por suerte, los adultos se quedaron reunidos en el living, y los niños nos
fuimos separando en grupos, Martín se fue con un amigo a jugar al
Atari en un cuarto, y mis dos mejores amigas, que sabían de memoria
que yo gustaba de Demián, me animaron, me convencieron no sé cómo,
de entrar a la habitación donde él estaba jugando con algunos chicos y
chicas a un juego, con aire de prohibido, porque nos hicieron cerrar la
puerta sigilosamente ni bien nos dejaron pasar. Tenían una serie de
papelitos de colores, y cada color tenía un significado, contestar preguntas
sí o sí con la verdad,
decir quién te gusta, dar besos, y esas cosas. Estaren ese cuarto con él, sin la supervisión de mi hermano, y en ese juego,
me había transportado a un estado especial, de adrenalina y expectación,
Si van a mirar, tienen que jugar, si no, se van, Eran las reglas, y aceptamos;
por turnos, cada cual cumplía lo que la suerte le deparaba. La picardía
y las confesiones de los demás se me hacían muy divertidas y excitantes,
me sentía grande por estar participando de un juego como ése. Pasaron
unas vueltas y le tocaba a él, mi corazón quería escaparse del pecho,
estaba inquieta, ansiosa, ruborizada, ¿y si él decía que yo le gustaba?, ¿o
que le gustaba otra?, ¿y si le tocaba darle un beso a alguien?, ¿a quién
elegiría?, ¡Verde claro: un beso en la frente!, La tensión se alivió, aunque
no tanto, faltaba ver su elección, Ah, un beso en la frente, qué tontería,
dijo y se lo dio sin mucho pensar a la chica que tenía a la derecha, eso
no quiere decir que guste de ella, intentaba alivianar mis celos, la eligió
sólo porque era la que estaba más cerca, aparte, ¿qué importancia tiene
un simple beso en la frente?, me hace acordar a una película de gángsters
que vi hace poco en la que ese mismo gesto absurdo significaba, para
quien lo recibía de parte del capo mafia, Andá despidiéndote del mundo,
querido, que te queda poco, como poco faltaba para que fuera mi turno
de tomar un papelito, y me quería zafar de ese momento, pero eran las
reglas, y yo las había aceptado, no tenía escapatoria, estaba condenada
como el infeliz de la película, tomé valor, y uno de los papeles, y como
venía sospechando desde que empecé a jugar, porque estas cosas siempre
son así, salió el temible, el amenazante y a la vez el más secretamente
anhelado… ¡Rojo!, risas histéricas, y yo deseando que me tragara la
tierra, buscando un manual de cómo reaccionar en casos de emergencia,
tenía que elegir a uno de los varones para entrar con él al baño, y
permanecer allí diez minutos, haciendo lo que quisiéramos, toda la
atención se centraba en mí, pero yo no podía hacer eso, de ningún
modo, me moría de vergüenza, No quiero hacerlo, susurré, Dale, elegí
a alguien, no tienen que hacer nada si no quieren, pueden quedarse
conversando en el baño y nada más. Sabía que era un momento
importante para mi vida, de esos que no olvidaría jamás y tenía que
decidir qué hacer, ¡No quiero!, dije en tono más fuerte, luchando entre
mi timidez y mi deseo loco de entrar a ese baño con él, y quedarme no
diez minutos sino toda la vida, pero me presionaron, me acosaron, Tenés
que elegir a alguien sí o sí, son las reglas del juego, no vale no cumplirlas,
y esa fuerza dentro de mí se apoderaba de mi voluntad congelándome,
No puedo hacerlo, ¡no voy a elegir a nadie, y no quiero jugar más!, me
impuse al fi n estallando en lágrimas, el clima se puso más serio, maté
de un golpe la gracia del juego, estaba llorando como una bobita, no
podían ya obligarme, Está bien, no la molesten más si no quiere, dijo
alguno, Pero que se vaya, si no juega no puede mirar más, mis amigas
me acompañaron, y seguí llorando afuera. Al principio quedé consternada
por lo sucedido, ¿por qué no me animé a seguir con el juego?, pero más
adelante me sentí satisfecha de no haberlo hecho, si hubiese ido con él
a ese baño, algo concreto habría sucedido, tal vez decepcionante, como
que él se negara a hablar conmigo y quedásemos uno en cada punta en
bochornoso silencio durante los diez minutos que duraba la prenda.
Fuera cual fuera esa realidad, iba a ser una sola, invariable, inamovible,
y en cambio, como no fui, ese baño se convirtió en un laberinto infinito
de posibilidades, escenario de las más variadas fantasías, algunas
prohibidas, otras tiernas y divertidas; estaban también las pesimistas y
algunas otras absolutamente inverosímiles, pero, gracias a ese no-hacer,
mi vida se enriqueció, esa vida paralela que llevaba, que sólo yo conocía,
que moría en los límites de mi conciencia, porque no era compartida
con ninguna otra persona, pero que expandía mis fronteras hasta puntos
cada vez más lejanos, a medida que aumentaban mis conocimientos
sobre el mundo. ¡Qué poco aporta a la mente un recuerdo único y fijo,
en relación con las miles de puertas que nos abre un recuerdo truncado!,
pensaba, mientras elaboraba complejas teorías sobre la esencia de lo real.
Me preguntaba cuál era la diferencia entre hacer algo de verdad o
imaginarlo, si la sensación es tan similar, ¿no es sólo otro tipo de realidad?
Lo veía clarísimo con los sueños, ya que tenía algunos tan pero tan reales
que se me hacía fácil creer que en verdad sucedían, aunque en otros
planos, en otras dimensiones. Tal vez esta realidad no era más que un
sueño, que soñamos desde otro nivel de existencia al que despertaremos,
quizás, el día de nuestra muerte, especulaba, Entre un sueño y la
imaginación, al menos la mía, no hay una diferencia tajante. Es sólo una
cuestión de gradualismo, ya que desde pequeña he aprendido a imaginar
con tal detalle y precisión, que los cinco sentidos se involucran en la
fantasía, reemplazando a los estímulos del afuera. Cuando me tendía a
hacerlo con los ojos cerrados, llegaba a lograr tal nitidez que a veces las
imágenes tomaban vida propia y se escapaban de mi voluntad, marcando
ellas mismas el rumbo. Me habré quedado dormida y empecé a soñar,
me explicaba después, pero sabía que esto a veces era más así y otras no
tanto, no había blanco y negro sino una infinita escala de grises. Si los
sueños son reales en otros planos, sería arbitrario posicionar en cualquier
gris intermedio de la graduación el límite de lo que no lo es. Sostenía
que cualquier pensamiento que tuviera la suficiente consistencia era
capaz de crear realidades en otras dimensiones. No tiene por qué tener
más valor la realidad real que mis realidades personales, lo único que
las diferencia es que en una se sigue una rígida cadena de causas y
consecuencias, mientras que en la otra se puede hacer y deshacer, viajar
libremente por el tiempo y el espacio, tener el dominio y ser libre de
verdad.
( Un ruido repentino sobresalta mi sueño.
Vos no estás a mi lado.
Enseguida siento algo que me golpea en las piernas.
Me incorporo a la defensiva.
Con la almohada como escudo, con los ojos bien abiertos para descifrar la
amenaza. Lo veo: es un bicho horrible.
Parece una mariposa negra y enorme, o tal vez un murciélago sin cabeza.
Choca una y otra vez contra el techo.
Me repugna, pero más asco me daría aplastarlo.
Grito por ayuda.
Entrás asustado y al ver lo que pasa te armás con una escoba, para intentar
sacarlo por la ventana.
Esto va a llevar mucho tiempo… )
¿Quién dice qué es lo real y qué no lo es?, alguien podría decirme
que existe una diferencia esencial, fundada en la presencia y participación
de los demás, pero no me constaba que quienes me rodeaban en la vida
real tuvieran verdadera conciencia de su propia existencia; ni tampoco
que las personas que habitaban en mi mundo interior, no la tuvieran.
Sería cobardía enmascarada, pero me sentía muy cómoda teniendo las
más fuertes emociones y experiencias de mi vida sin correr riesgos, desde
la tranquilidad de un asiento del colectivo, recostada en mi cama, o
mientras me bañaba, conservando la más cauta de las actitudes en la
supuesta realidad, para no poner nunca en peligro mi libertad de soñar.
A mis papás no les gustaba nada cuando manifestaba este tipo de
filosofía, y cada uno desde su lugar, me discutían con fervor. Mamá
me decía que me dejara de pavadas y bajara a la tierra, de una vez, sin
preocuparse de comprender el alcance de mis hipótesis, mientras que a
papá, aunque podía sintonizar mejor con este tipo de temas y al menos
hablaba mi mismo idioma, le enervaba mi enfoque, porque según él era
egoísta y llevado a la práctica conllevaba consecuencias poco morales.
Mis hermanos se reían de mí, “A mí tampoco me gusta la realidad, pero
es el único lugar donde se puede comer un buen bife”, parafraseaba
Diego para pincharme un poco. Y como no me gustaba nada el papel
en el que me ponían cuando hablábamos de estas cosas, con el tiempo
aprendí a desistir de hacerlo: ellos no cambiarían de idea, ni yo tampoco,
y no podían meterse en mi mente a regular lo que yo pensara o dejara
de pensar. Mi mundo de sueños era lo más interesante de mi vida,
le daba color, emoción, aventura, y me proporcionaba muchas más
satisfacciones que inconvenientes, aunque comencé a preocuparme
cuando mi hermano me contó lo de mi abuela. Fue una mañana de
sábado, que yo había puesto a llenar la bañera y, mientras se llenaba, subí
a mi cuarto a pensar un rato. Recuerdo que me imaginaba como a una
sirena embarazada, y trataba de encontrar alguna manera adecuada para
dar a luz a mi bebé. Cuando al fi n me decidí por una cesárea sobre las
rocas, me encontré con un nuevo inconveniente: no podía decidir si mi
bebé era varón o mujer, ya que su pequeña cola de pescado no exhibía
sexo alguno. Observaba sus rasgos con detalle, pero sería imposible
descubrirlo hasta que creciera. Entonces me ponía a pensar un nombre
que sirviera tanto para varón como para mujer, y en eso estaba cuando
escucho a Martín irrumpiendo a los gritos en mi cuarto, lo que le estaba
totalmente vedado, Lina, ¿sos idiota?, ¡dejaste la canilla abierta y se está
inundando todo!, y sí, me había olvidado, bajé preocupada y el agua
había llegado hasta el pasillo. Le pedí, Martín, ayudame, porfi , antes
que lo vea mamá, que yo no puedo secar esto sola y se va a re enojar si lo
ve, me ayudó de mala gana, y, mientras intentábamos secar el piso con
los toallones, me preguntó, ¿Pero cómo fue que te olvidaste, qué estabas
haciendo?, Nada, pensando, contesté, y me susurró con voz de diablo
que tuviera cuidado porque, Si seguís así vas a terminar como tu abuela,
¿A qué se refería?, ¿Vos no sabés que la abuela Justina, la mamá de
papá, era una loca y pasó sus últimos años en un manicomio, hablando
con gente que no existía, de cosas que sólo ella veía? Vos vas por el
mismo camino con esta historia de que la imaginación es lo mismo
que la realidad y las pavadas esas que te inventás, no ves que ya te estás
olvidando de las cosas elementales del mundo real, como de cerrar una
canilla..., pobrecita, Linita la loca, que feo, me burlaba desquitándose de
que estaba trabajando duro escurriendo las toallas empapadas sobre la
bañera para salvar mi pellejo. Cuando mamá llegó, el baño seguía muy
mojado, y nos retó no sólo por la inundación sino sobre todo por haber
empapado las toallas en nuestro intento por disimularla. Pero el reto no
me importó tanto porque me había quedado pasmada por las palabras
de mi hermano, ¿sería verdad lo de mi abuela? Tenía que averiguarlo, y
así fue que luego de cenar, entré al despacho de mi papá y se lo pregunté.
Él, que es de esas personas que sólo pueden expresarse libremente cuando
hablan de abstracciones, se incomodó ante mi inquisición, y respondió
en forma breve y evasiva, pero rotunda. Era cierto: mi abuela había sido
esquizofrénica. Desde que lo supe, el tema de la locura se instaló como
una sombra sobre mis espaldas, trataba de cuidarme, para que aquello
no me pasara a mí también, y aunque estaba prácticamente segura de
que jamás me ocurriría, porque era una persona en extremo racional, de
vez en cuando me entraba la duda, y me hacía temblar.
A pesar de eso, nunca abandoné mi pasión por soñar, y no lo haré
hasta el día en que me muera, porque forma parte de mi esencia, como
el verdor de mis ojos. He descubierto que existe una imaginación para
escapar de la realidad, y otra para transformarla, y el tiempo y la vida, en
especial la persona de la cual me enamoré, me han enseñado a volcarme
hacia la segunda.
( Estamos solos, sin más bichos alrededor.
La miseria y la enfermedad quedaron del otro lado de la puerta.
Nuestros cuerpos están exhaustos pero se reconfortan en la cercanía del otro.
Me sumerjo en la seguridad de tus brazos.
Acaricio el aroma del mundo conocido.
Me besas, y la vida es dulce otra vez. )